Tema: Universidad Diego Portales
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9 de abril de 2026 L a muerte de Jürgen Habermas no marca solo la desaparición de uno de los teóricos más influyentes del siglo XX. También señala el cierre de una forma de hacer teoría social: aquella que se atrevía a formular grandes preguntas, construir marcos ambiciosos y dialogar con la historia en escala amplia. En un presente dominado por la fragmentación académica y la hiperespecialización, su ausencia obliga a preguntarnos no solo qué perdemos con su partida, sino también qué tipo de pensamiento estamos dejando de producir. Habermas fue, ante todo, un pensador de la modernidad. Su obra sobre las transformaciones de la esfera pública ofreció una de las conceptualizaciones más influyentes para entender cómo se forma la opinión en sociedades modernas: un espacio históricamente situado, mediado por la prensa, donde actores privados deliberan sobre asuntos de interés común. Aunque su análisis se centró originalmente en Europa —y más específicamente en el mundo burgués—, su potencia teórica radica precisamente en su capacidad de ser leída más allá de ese marco. Vista desde otras geografías, la esfera pública habermasiana deja de ser un modelo cerrado para convertirse en una herramienta analítica flexible. Permite observar cómo grupos históricamente excluidos de la ciudadanía formal —por razones de raza, clase o género— construyeron sus propios espacios de enunciación. Este desplazamiento es clave para entender fenómenos como el surgimiento de la prensa negra en el mundo atlántico. A lo largo de los siglos XIX y XX, periódicos afrodescendientes en Estados Unidos, Brasil, Argentina, Uruguay o Cuba no solo informaron a sus comunidades: contribuyeron a articular redes transnacionales de discusión sobre raza, ciudadanía y modernidad. En sus páginas se debatían estrategias políticas, se compartían experiencias diaspóricas y se imaginaban futuros posibles. Lejos de ser receptores pasivos de la modernidad, estos actores participaron activamente en la producción de una esfera pública alternativa. En ciudades como Chicago o São Paulo, estos medios hicieron visible aquello que la prensa dominante ignoraba sistemáticamente: nacimientos, matrimonios, trayectorias educativas, experiencias cotidianas y formas de sociabilidad. Más que simples registros, estos contenidos constituían una afirmación política de existencia. En ese sentido, puede hablarse con propiedad de una contraesfera pública, con agendas propias y horizontes normativos distintos a los de la esfera pública hegemónica. Leer a Habermas desde una perspectiva hemisférica no implica descartarlo, sino expandirlo. Su teoría, al ser puesta en diálogo con experiencias históricas no europeas, revela tanto sus límites como su fecundidad. La esfera pública deja entonces de ser exclusivamente burguesa y europea para aparecer como un campo en disputa, atravesado por relaciones de poder pero también por prácticas de resistencia y creatividad política. Sin embargo, la muerte de Habermas también invita a mirar el presente intelectual con cierta inquietud. Él encarnó una generación de pensadores capaces de articular grandes narrativas y de intervenir en el debate público con una voz reconocible, informada y sistemática. Hoy, en cambio, predomina una academia fragmentada, donde el conocimiento se produce en compartimentos cada vez más estrechos y donde resulta difícil construir visiones de conjunto. En ese escenario, escasean proyectos intelectuales que integren lo económico, lo cultural y lo político en una misma reflexión. La especialización ha permitido avances significativos en múltiples campos, pero también ha debilitado la capacidad de diálogo entre disciplinas y ha reducido el alcance público de muchas investigaciones. Volver a Habermas, en este contexto, no implica adherir sin crítica a sus postulados, sino recuperar una forma de pensar que conecta escalas, tradiciones y problemas. Su ausencia también deja en evidencia una carencia más amplia: la precariedad intelectual de buena parte de la clase política contemporánea. Frente a desafíos complejos —crisis democráticas, desigualdades persistentes, transformaciones tecnológicas—, la respuesta suele reducirse a consignas o a debates superficiales. En tiempos donde leer parece a veces un gesto performativo más que una práctica sustantiva, reivindicar el pensamiento crítico no es un lujo académico, sino una necesidad pública. Habermas no fue un pensador exento de críticas, y su obra ha sido revisada y cuestionada desde múltiples perspectivas. Pero precisamente ahí radica su importancia: en haber construido un marco lo suficientemente robusto como para ser discutido, tensionado y reconfigurado en distintos contextos históricos. Su legado no es un sistema cerrado, sino una invitación a seguir pensando. Quizás esa sea la mejor forma de despedirlo: no como el último representante de una tradición agotada, sino como un punto de partida para nuevas formas de reflexión que, sin renunciar a la ambición, sean capaces de dialogar con un mundo más amplio, diverso y conflictivo. Porque si algo nos enseñó Habermas es que la esfera pública no es un espacio dado, sino una construcción histórica siempre inacabada. Cristián Castro García Director de la Escuela de Historia de la Universidad Diego Portales e investigador de la prensa afrodescendiente en las Américas.